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ENTRE LA RED Y EL MAR

Domingo, 19 de febrero de 2006

Sin respuesta

Esta historia es ficticia, pero quiero dedicarsela a todos los niños del mundo, y a todos los adultos que aun conservan la inocencia de estos primeros, a todos los que un día dieron, dan y daran un paso al frente para ayudar a los que lo necesitan, sin dobleces. A todos ellos, gracias.

Entrar en un aseo público es siempre traspasar la frontera de la intimidad propia y ajena. Pero la vejiga me impulsa decidido a cruzar la puerta de batientes, sumergirme en el antiséptico olor a desinfectante y casi precipitarme sobre el urinario del que se desprende una continua cascada de agua azul. Orino en una diana de goma, calculando que he obtenido unos 3500 puntos en todo el proceso, quizás deba gritarlo, que el mundo sepa que merezco mi peluche o mi tostadora. Sacudo levemente mi miembro sin circuncidar para eliminar las últimas gotas de orina que quedan atrapadas en él, subo la cremallera y me decido a lavarme las manos.
Creo escuchar un gemido ahogado, pero el secador con su ruido me impide oírlo con claridad, tiro del enchufe del aparato y espero a que el aire deje de silbar, sí, es un llanto apagado, infantil, el gemido de alguien que esta conteniendo las lágrimas. Me acerco a uno de los 4 cubículos del aseo, aplico la oreja a la puerta y escucho.
Es un niño pequeño, el sollozo y los mocos sorbidos vienen desde un poco abajo, o esta sentado en la taza o está de pie. Doy un par de golpes en la puerta, suaves, creo que lo que menos necesita una persona que llora son golpes que lo asusten.
- Hijo, ¿te encuentras bien?- Y no hay respuesta, sólo una afloramiento de llanto y lágrimas, sólo un mundo tierno inundándose de sal. Vuelvo ha hacer la pregunta, empleo la voz mas tranquilizadora que puedo, le ofrezco ayuda, llamar a sus padres, le explico, tras comprobar que la puerta esta cerrada con el pasador, el modo de abrirla y le conmino ha hacerlo, siento movimiento en el interior, unas manos que manipulan la puerta, y un quejido ahogado de dolor, pero por fin abre.
Es un niño precioso, de grandes ojos y mirada suplicante, tiene ambas manos en la entrepierna y me mira suplicante y aterrorizado. Me he agachado a su lado, me presento, le tomo una de las manos sucias de lágrimas y mocos y se la estrecho con fuerza, intentando transmitirle seguridad. Consigo convencerlo para que aparte las manos y ver que le ha sucedido, pero se resiste. Al fin me deja ver lo que ha pasado, un pequeño pellizco de piel ha quedado atrapado entre los dientes de la cremallera.
Hay o al menos solo conozco dos modos de salir de ese problema: abrir la cremallera desencajando los dientes de la misma, o volver a pasar el carro de cierre por encima de la piel… ambas son dolorosas, así que opto por la segunda ya que el carro esta demasiado cerca de la piel. Le hablo de películas de indios mientras me quito el cinto, le explico que esto es como una flecha, que hay que sacarla, que deberá atrapar con los dientes el dolor en mi cinto de cuero, que tiene que morder con rabia, y así no habrá dolor. Sonríe mientras coge el cinturón y se lo pone entre los diminutos dientes y lo muerde apretando las mandíbulas imberbes. Ha llegado el momento, agarro el pantalón por el botón, él cierra los ojos, tenso el recorrido de la cremallera, con la otra mano sujeto el pasador, mentalmente cuento hasta tres… y de un golpe seco bajo la cremallera.
El niño sale corriendo del servicio, y tengo tiempo solo de ver su figura atravesando el umbral del aseo, casi atropellando a un joven que iba a entrar. Me siento feliz, creo que he hecho la primera buena acción del día, comienzo a ponerme de nuevo el cinturón mientras en mi rostro se dibuja una sonrisa, salgo del cubiculo metiéndome la camisa cuyos faldones han escapado fuera. Apenas tengo tiempo de reaccionar cuando el joven se me viene encima con la cara desencajada por la rabia, su mano izquierda me sujeta por el cuello y la derecha me golpea el vientre dos veces, siento un calor húmedo en el vientre, y no puedo evitar caer de rodillas, me miro las manos que ahora están rojas de sangre, miro mis manos y lo miro a él sin comprender.
-¡¡HIJO DE PUTA!!! – grita mientras sus botas de motorista impactan sobre mi rostro y todo se vuelve de un negro indoloro y caigo en la inconsciencia sin saber que esta pasando…¿Qué he hecho? .

Por: Luca de Soto | Lucas | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Esto me suena, ¿será que lo he visto en algún sitio?, ¿o tal vez lo soñé?. Quien sabe. Como ya te dije en su día, amigo Lucas, enhorabuena. Ojalá el lado creativo de mi mente despierte de una vez, ya que sólo tengo activo el lado reflexivo, y mucho pensar, tampoco es bueno. Un saludo jefe!!

AdoNaI | 10-03-2006 23:40:39

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