Un poco de sal y un poco de red.
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Domingo, 19 de marzo de 2006
No había por qué desconfiar y lo sabía. Asi que se involucró, vivió (acaso padeció) y salió indemne, inicialmente feliz, con la dignidad intacta.
Ha pasado un tiempo y su interior ebulle constantemente. Siente soledad, la de quién no encuentra recipiente sobre el que volcar tanto hervor. Y no sabría definir si esa soledad le llena, es suficiente, o le hiere de muerte. Yo tampoco lo sé. Solo puedo intuir cuanto le sucede. Ha vuelto la vista hacia si mismo y no es capaz de ser franco, ni en su expresión, ni en su devenir diario.
Y es que hay soledades que, aunque maten, no tienen cura. Ni falta que les hace. Ciertas soledades pueden ser una condena a cadena perpetua, aunque preferían convertirse en pena capital. La suya se percibe, se huele, se ve, se huele, casi se palpa, pero no puede oirse. Hay que valorarla con otro baremo.
Su soledad también le protege, le conduce y le trae de regreso, de la misma locura. Parece no estresarle, aunque sin duda le abstrae y lo hace con vehemencia. Ni siquiera sé como es capaz de recordar otras cuestiones mucho más mundanas y fútiles. En ocasiones parece entrar en estado catártico aunque le veas moverse como si le quemaran los pies sobre la tierra. Eso es solo una terapia. Cuanto más rápido se mueve antes parece que se le desvanecen los efectos negativos de la soledad.
Quería reflexionar sobre ello, porque no puedo explicarme tanto ir y venir interno, estando los otros ahí, cerca, disponibles. Y sin embargo puedo entender, casi de modo clarividente, que ha de vivir su soledad en solitario (valga la redundancia). En ciertas cuestiones la incomprensión es un muro tan infranqueable como aterrador, y la verdad, salir de uno mismo como en búsqueda de respuestas, para preguntas informulables, es una práctica frustrante, tanto, que casi mejor quedarse dentro. Es muy duro resultar cargante a los demás cuando dentro el desgarro no te deja vivir. Y digo desgarro porque es lo que parece. No podría decir que ha tirado la toalla, pero tampoco podría decir que nada ha cambiado en su adentro, porque sería faltar a la verdad probablemente.
Hoy le he mirado a los ojos, y le encuentro ausente aunque anhelante. Parece que se le hubiese apagado la luz, sin perder el brillo en la mirada, como quien ama sin medida y encuentra al otro lado un espejismo, alcanzable aunque irreal. Podría pensarse en una esquizofrenia adolescente, podría pensarse en el desamor, o podría pensarse en el encuentro con alguno de esos fenómenos que al abordarte nunca te permitirán volver a ser el que eras. Da igual lo que sea. O no. Porque ese solitario sentir ha de tener una salida. O no.
No puedo imaginarme lo que le espera, aunque no sé si lo que viene puede ser mejor o peor que aquello que le ha llevado hasta ahí. Su ingravidez respecto de todo, su atonía, no permiten definirle como acabado, porque se le respira esperanzado, aunque esto, como lo otro, forma parte de mis elucubraciones, porque en realidad no sé lo que le pasa, salvo esa sensación de soledad grave, de indolencia sin retorno. O de remolino arrasador nacido de si mismo......
Por: Nacho | Nacho | Comentarios (1) | Referencias (0)
Susanita | 13-04-2006 22:37:24