Un poco de sal y un poco de red.
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Viernes, 26 de mayo de 2006
Llevaba puesto lo justo, apenas unos pantalones y una camisa con los faldones por fuera. Sobre las espaldas una enorme mochila, demasiado pequeña para contener todo su mundo. Puso los pies en la calle y tiró de la puerta, el chasquido de la cerradura fue como el pistoletazo de un verdugo y desencadenó todas las acciones del mundo: el polvo hizo remolinos a sus pies, los perros aullaron al viento y los batientes de las ventanas golpearon con fuerza contra las paredes...
Se sentó en el ultimo escalón a pensar en ella, en su amigo y en si mismo. No podía ir, porque él no quería que sus manos labrasen la tierra que le había sido entregada, ella no quería que fuese para verlo simplemente sentado a su lado...y el solo era una marioneta con los hilos sueltos al viento.
Dejó la mochila a un lado y comenzó a cavar un agujero en medio de la calle con sus propias manos, sintió como los chinarros del polvo se le clavaban entre las uñas, en la carne viva, como se partían las uñas hasta la raíz, sintió como la carne se le desgarraba y perdía la identidad de sus yemas. Pero aquel dolor le era delicioso, porque era superior al del corazón, y así siguió cavando con más energía, hasta que el agujero era tan hondo, tan profundo, que cabía de pie, pero aun no era lo suficiente, así que cavo aun más hondo...
Estaba cansado, muy cansado, arrojar dentro de aquel agujero la mochila le constó un esfuerzo titánico, luego, arrojó su corazón y por último se dejo caer dentro. El viento del atardecer no tardo mucho tiempo en cubrir ese agujero y la calle volvió a ser la misma de siempre.
Por: Luca de Soto | Lucas | Comentarios (0) | Referencias (0)