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Viernes, 02 de junio de 2006
En Villarmonía casi todo era serenidad. Sus habitantes respiraban serenidad. Algunos de ellos la trataban como monotonía a pesar de que una vez al año venía el circo a la ciudad (nunca se sabía cuando), el charlatán traía sus novedades (cuando las tenía), y el alcalde decretaba, de vez en cuando, días de fiesta con romería incluida.
Los disconformes, casi nunca lo manifestaban, pero cuando lo hacían eran tan violentos y enérgicos al explicar lo aburrida que era su vida, que esos días nadie dormía, la tranquilidad se tornaba desasosiego, y el alcalde solo recibía quejas de los vecinos en la calle. Esos días se acababan con una fiesta desenfrenada en la plaza donde la sangría corría como ríos, que dejaba fuera de juego a los descontentos.
Un día, Liberio, técnico electrónico y, a su vez, concejal del ayuntamiento, propuso la instalación, en la colina que rodeaba a la villa, de un dispensador especial que vinieron en llamar el Dispensador de Sueños. Se acordó por decreto y se instaló sin esperar mucho.
Los más ruidosos se acercaron, no sin escepticismo, a este nuevo artefacto, esperando que éste les proporcionase aquello que decían no tener en su pueblo. Entre ellos se puso de moda, y cada día se veía a alguno aproximarse par obtener el preciado tesoro de aquel misterioso aparato.
El precio era algo que detenía a muchos a la hora de decidirse: durante el tiempo que disfrutasen del sueño, sus seres queridos se irían haciendo progresivamente cada vez más imperceptibles hasta la invisibilidad absoluta en caso de desear mantenerlo. Aún así había personas que sentían su vida tan rutinaria y tediosa, que continuaban con el sueño con insistencia, aunque les asustaba lo que perdían.
Así le pasó a Julián. Quiso evadirse una noche de la rutina y subió a la colina, solicitando al utensilio que le permitiese desaparecer por un tiempo y vivir haciendo lo que más le gustaba: escribir y viajar. Desde el mismo día siguiente a la solicitud tuvo en su bolsillo los tres objetos necesarios para su sueño: un bolígrafo, una libreta con hojas que jamás se acababan, y un pasaje para el destino que deseara renovable en cuanto éste desaparecía.
Ya no trabajaba, y aquellos que lo veían en sus viajes de regreso, aseguraban que su rostro irradiaba una felicidad que venía a menos cuando comprobaba los efectos en su casa. Para remediarlo, volvía a soñar otro viaje, y con otra historia que contar y entonces en su rostro volvía a aparecer la luminosidad....
Fue tan popular el aparatejo, que la villa empezaba a disminuir su población, hasta que el propio Liberio propuso la venta al pueblo vecino, prevía devolución a aquellos que lo deseasen de su estado inicial, moción aprobada por unanimidad, y ejecutada por el alcalde al día siguiente. Algunos de los usuarios del invento agradecieron al consistorio tal decisión; unos por haber recuperado a quien creían perdido, y otros por regresar a lo que añoraron.
Unas leyendas cuentan que Julián rechazó la devolución; deambulaba de viaje en viaje con una felicidad que le parecía cada vez más rutinaria, y de la que ya no podía retornar. Aunque su corazón añoraba a su mujer y a sus hijos, sabía que ya no había remedio, solo que esta vez quiso aprender a vivir lo que tenía.
Otras leyendas cuentan que Julián buscó con ahínco aquella máquina cuando empezó a sentirse viejo y que un generoso ermitaño de otro recóndito pueblo, conmovido tras escuchar su historia decidió solicitar del artilugio que devolviese a aquel hombre al entorno familiar que buscaba ( al fin y al cabo para el eremita el mundo entero era invisilble). Éstas últimas cuentan también que nunca más vio a su mujer fallecida días antes del regreso, y vivió con ese dolor, aunque con el alivio de tener a sus hijos.
Por: Nacho | Nacho | Comentarios (1) | Referencias (0)
Me gustaría emplear toda mi vida en viajar, si alguien me pudiera prestar una segunda vida para pasarla en casa.
WILLIAM HAZLITT (1778-1849)
luca- | 02-06-2006 10:44:28