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Miércoles, 21 de junio de 2006
Ante mí aparecieron dos puertas, cerradas en apariencia. Me hallaba en el centro de una habitación cuadrangular, de paredes blancas, al igual que el techo y los azulejos que pisaba. Todo bien iluminado sin llegar a percibir ningún foco de luz. Pero el misterio de la luz no era tan primario para mi curiosidad.
Las maderas de las puertas eran negras, a diferencia del resto del habitáculo. Carecían de pomo, o algo similar para hacerlas abrir. Tampoco distinguí ninguna ranura en forma de cerradura; de haberme topado con ese obstáculo a priori, hubiese tomado importancia la llave que colgaba sobre mi pecho.
Desde mi posición, justo en el centro del
cuadrado, era incapaz de adivinar la posible accesibilidad al exterior que me otorgarían los dos tableros rectangulares. Era curioso, mi único interés al principio fue el buscarle geometrías al espacio inusual donde me encontré. Y este desajuste espacial me empujó a padecer los primeros síntomas de desequilibrio mental. Luego llegaría la angustia de no saber qué hora era, ni tampoco el día, mes o año. Me sobrepasó violentamente por encima, atropellándome como una veloz y pesada locomotora, la angustia de haber perdido la noción espacio-tiempo.
¿En qué me había convertido?... ¿Quién era yo?... ¿Seguiría siendo el mismo cuando recuperase la brújula existencial?...
Al momento, esta desorientación se introdujo en mí, inyectándose en forma de pánico, evidenciándose más allá de lo puramente psíquico. Me sentí débil, arrojado al vacío. La nada me engullía, un concepto que había leído, oído hablar de ella, pero jamás había experimentado. Supuse que la sensación debía ser por lo menos parecida...
Patente se hizo notar la nada, atravesando como una fina aguja rebasa la piel, distinguiéndose el pinchazo aleatoriamente sobre extremidades, sien y zona abdominal, principalmente.
II
Dos letreros colgaban de las puertas, uno por cada una. Me acerqué a leer lo que adiviné de lejos serían letras. Ininteligibles desde el centro del cuadrilátero. Aproximadamente un área de cuarenta metros cuadrados, necesitando al menos dar cuatro o cinco pasos para descifrar lo que decían:
“Blanco” y “Negro”.
Intuí que debía elegir entre una de las dos opciones que se me presentaba. Y la elección de una se convertía automáticamente en el rechazo de la otra. Pero, ¿por qué esos dos colores?... ¿Qué significado podrían tener?... y ante todo, ¿Qué hacía yo allí?...
Enfrentado a dos puertas de madera, sin saber cómo ni por qué había llegado allí.
Intenté creer que era un sueño, y comprobado que mi cuerpo sentía los pellizcos que me di en ambas mejillas, concreté que tendría que ser un sueño de esos que parecen reales, uno de esos sueños que cuando despiertas te sigue asombrando por su realidad. Pero aquello era distinto, nunca antes había sido víctima de un escenario tan crudo, tan vivo. Y el sueño se truncó pesadilla.
III
Únicamente iba vestido con una túnica blanca, hasta los tobillos. Me incomodaba no llevar ropa interior, acostumbrado a ella. Y la llave seguía siendo una incógnita, al descartar cualquier tipo de orificio en las puertas. Por lo demás, no recordaba cómo había llegado hasta allí, qué importaba la indumentaria que portase, o el modo de ir ataviado de esta
u otra forma. Mi prioridad a partir de ese momento fue hallar la manera de salir de tan embarazosa situación.
Estuve a punto de empujar la puerta blanca , simplemente por escapar lo antes posible de aquella habitación claustrofóbica. Movido por el impulso gris de la apremiante desesperación a la que me veía forzado. Pero algo en última instancia hizo detenerme. No sé aún cómo pude sacar fuerzas de mi interior para llegar a razonar, porque medité la salida que debía tomar, buscando lógica a lo que no tenía, perdido el norte.
El color negro me sugería varias cosas. Mi color favorito, o la sensación de pesimismo y
solemnidad que lleva intrínsecas. Y visto en sociedad y usado en el lenguaje, cargado de matices negativos. En cambio, el blanco además de ir a juego con mi túnica y con el medio de la sala, me inspiraba todo lo contrario al negro, repleto de rasgos positivos. Incluso llegué a pensar que si debiese poner un color a la verdad y otro a la mentira, el blanco quedaría para la primera, quedando el negro para la mentira. De idéntico modo la vida y la muerte, la felicidad y la tristeza, el amor y el desamor, podían teñirse con estos dos colores, antónimos entre sí, al mismo tiempo que complementarios.
Decliné por el blanco, además de mi razón me dejé ayudar por el primer impulso que tuve. En parte somos instinto, debí pensar también. Y sin la convicción de que la inteligencia asegurase la suerte final de
las decisiones, debía elegir, para abandonar con rapidez la inesperada barrera.
La ausencia de sonidos me ponía cada vez más nervioso. Era incómodo pensar en el más absoluto silencio. Quizás por la costumbre de habitar entre ruidos...
Continuará...
Por: jjcastillo | jjcastillo | Comentarios (1) | Referencias (0)
luca | 21-06-2006 07:32:52