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ENTRE LA RED Y EL MAR

Miércoles, 21 de junio de 2006

Esperpentos (2º parte)

IV

La puerta no opuso resistencia. Vi un largo y estrecho pasillo que se perdía sin fin. Había luz al fondo, hasta el punto máximo donde alcanzaban mi vista a ver, hecho que me tranquilizaba. Caminé hasta el extremo más luminoso del pasadizo, dejando atrás la puerta, que dejé de ver por causa de la contraluz. El silencio me pareció más profundo aún si cabía, me seguía molestando la carencia de ruido, sentirme la respiración u oír los pasos que daba con su posterior eco. El pasillo acabó desembocando en otra sala cuadrangular, similar a la que dejé minutos antes atrás. Dudé si el camino había sido en círculo...las dudas se disiparon cuando ante mí aparecieron cuatro puertas. Y sin ademán de detenerme, me acerqué a ellas, también colgaban letreros sobre ellas:

“Amor”, “Salud”, “Dinero” y “Suerte”.

Así rezaban de izquierda a derecha.

Noté súbitamente como si aquellos blanqueados muros se estrechasen, oprimiéndome más y más, hasta el extremo de sentir el pecho prensado. Marcándose este pánico en mayor grado cuando giré y comprobé que tras de mí no existía ningún camino. A los lados tampoco, me cercioré con un rápido movimiento de cuello. Unas desagradables y repentinas nauseas me abordaron. Estaba perdiendo los nervios, siendo presa de ellos. Grité desesperado, pedía auxilio, pero nadie respondió. Opté por sentarme junto a la puerta que estaba a mi derecha, sobre la que se podía leer “Suerte”, quizás era lo que más necesitaba en aquella situación. Pues ni la salud, debilitada notablemente, ni el dinero podrían sacarme de este laberinto macabro. El amor, pensé en la puerta de la izquierda, era una necesidad, se me antojaba disfrutar de la compañía de alguien, para no verme tan solo. Siempre se ha dicho que se
camina mejor acompañado. Y gozar de dos cerebros y el calor humano allí, hubiese bastado a mi organismo para no perder la compostura tan rápidamente. O para recobrarla con más urgencia de lo que lo hacía.

Entre tanto, perdí la conciencia.



V

No sé cuánto tiempo transcurrió, el cansancio me había vencido, y despertaba en la
misma postura en la que me recordaba antes. Erguí la cabeza de entre las piernas, y todo continuaba igual después de frotarme los legañosos ojos. No entendía cómo había sido capaz de conciliar un sueño que presumía extenso, en tales condiciones. Deliberé entonces, que el mismo tránsito neurótico colapsó todos mis órganos vitales, desfalleciendo porque el agotamiento psíquico se ejercitó sobre los elementos físicos. Y la idea del sueño se cambió por la de una pérdida de conocimiento.

No era médico, y mi supuesto diagnóstico simplemente podría albergar en la temible pradera de la posibilidad. Cuando allí me debatía por estas arduas laderas, intentando encontrar señales que me dieran respuestas a todas las preguntas que me venían, se iban, para volver a visitar mi
esquizofrenia.

Continuaba sin existir la presumible vía que me había llevado hasta allí. Misteriosamente no quedaba rastro alguno del pasadizo, todo estaba compacto en la pared. Todo se cercaba en cuatro alternativas, que el destino me ofrecía “gentilmente”.

Podía sentirme “orgulloso” de vivir aquella experiencia, pensé irónicamente.

Nunca creí en los horóscopos, aunque en verdad, los leía por curiosidad cuando caían en mis manos. Y estas
cuatro virtudes parecían salirse del interior de una revista del corazón. ¿Qué tendrían que ver con el color blanco?... Igual la puerta negra me hubiese conducido al mismo destino. Eso ya no lo sabría, era mejor pasar este hecho por alto.

Recordé a mi familia, la novia, los amigos. Luego vinieron más imágenes, sin dejar de mirar las cuatro salidas, recordé el trabajo, la casa de mis padres y como no, mi ciudad.

Detuve la visión sobre las seis letras que formaban la palabra “Dinero”. Era un tópico escuchar de la sabiduría popular que no daba la felicidad, pero que probablemente ayudaba a alcanzarla. Aunque sin salud para qué
quería el dinero o la suerte, seguramente esta última virtud del azar me habría dado la espalda. Comprendí al tiempo que la suerte es fundamental también para la vida. Salud, dinero y amor sin suerte no perdurarían. Y no era el ejemplo más claro de un ser dichoso. Más bien mi pesimismo, o realismo como gustaba llamarlo, no me convertían en una persona feliz, a pesar de disfrutar de buena salud, una familia y una mujer que me querían, y no pasar penurias económicas.

Continué observando la puerta más materialista, e imaginé circunstancias que hubiesen cambiado, de poseer mayor nivel económico. Luego giré mi atención a la palabra “Amor”. Sin duda la más cálida. Un término capaz de darle sentido a la vida. De hacer voltear el mundo con su fuerza, su energía. Al contrario del dinero, un sentimiento
inmaterial, desinteresada sensación que se experimenta por desigual en cada uno.

VI

Llevaba una vida cómoda, con las preocupaciones naturales de la edad. Era incapaz de recordar lo último que hice fuera de allí. Si trabajaba, dormía, conducía, comía o bebía. Cuando una intuición me mordió el alma, suscitándome la idea de que estaba siendo presa de un viaje astral, o que la muerte prematura me había abordado.

No soy creyente, pero me llegó la convicción de que había iniciado un viaje de ultratumba. No había imaginado ni por asomo un desenlace post – mortem así. Mi peculiar juicio final se presentaba como un juego, en el que olvidaron facilitarme las reglas.

Quise acabar cuanto antes con aquel atropello a mi intimidad, empujando la puerta más cercana a mí. Pero no cedía, a pesar de que realicé un segundo esfuerzo más enérgico. La “suerte” me regateaba otra vez en la vida. De derecha a izquierda empujé la siguiente puerta, con el mismo resultado, el “dinero” no quería darme acceso. No volví a intentarlo, enérgicamente golpeé, más que empujar la siguiente puerta. Y nada, no hubo manera de abrir las puertas. Suerte, Dinero y Salud me negaban su acceso. Sólo me quedaba intentarlo con el Amor. Aquí dudé, fue como entablar conversación con la chica que te gusta. El miedo al rechazo, al portazo, se adueñó
enseguida de mí, ante la inseguridad creciente. Pero a la vez, era el único clavo ardiendo al que me tenía que agarrar. Y me envalentoné sobre ella, imaginando que esa puerta era la única chica que quedaba en el bar. El amor me abrió su puerta.


Por: jjcastillo | jjcastillo | Comentarios (0) | Referencias (0)

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