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ENTRE LA RED Y EL MAR

Miércoles, 28 de junio de 2006

Paula (Parte I)

Para mi sobrina Paula,( cuando sepa leer)... Para que cuando rompa el
cascarón de la niñez y, un escalofrío le dibuje en su mente-cuerpo el
sentimiento del primer amor, entienda que ya antes otros vivimos eso,
hablamos sobre eso y nunca supimos explicar, eso.


Podía ser el amor de mi vida, pero nunca lo sabría. Era como siempre la
había soñado: morena de piel, de pelo largo, lacio y negro, los ojos verdes
y grandes, una risa tímida e inteligente y vestía un pantalón vaquero ceñido más una blusa blanca. Respecto a lo último, a su forma de vestir, me había gustado, pero la quise imaginar de colegiala, con la falda a cuadros, las medias negras hasta las rodillas, incluso le endosé un jersey a rombos y un par de coletas juveniles. La ideaba tan preciosa que no me percaté que mi musa abandonaba el local. Rápidamente dejé la copa en la barra, y sin despedirme de mis amigos esquivé el concurrido núcleo de personas que sereunían allí. Una vez me hallé en la puerta del garito, me supe perdido.
Nada a la derecha, nada a la izquierda. Para colmo había dejado la chaqueta en el interior del bar, y un gélido viento me golpeaba el cuerpo. Aunque lo que más me dolió fue el vacío que se creó en mi fuero interno, al asumir la pérdida de la persona que más rápidamente quise en vida. Fue un flechazo veloz, una despedida ágil y dolorosa.
Desperté quejándome de todo. Del hostal cutre, que por no tener no
tenía ni cortinas lo suficientemente gruesas para detener los primerizos
rayos solares. De mi compañero de habitación, que no cuidaba en hacer ruido.
Del tráfico de Madrid y sus inagotables conciertos de claxon. Y de la resaca que me envolvía. También caí en la cuenta de que había vuelto a fumar, cuando hacía poco menos de un mes que lo dejé... por todo esto, tenía razones para sentirme a disgusto. Pero lo que de verdad me hervía por dentro era la frustración de haber perdido a Paula. Sólo sabía eso de ella, que se llamaba Paula, y porque le oí a una amiga nombrarlo. Triste realidad, pensé.
Ni dos simples besos pude arrancar de aquel rostro que no exigía maquillaje, pues tenía luz propia.
Antes de incorporarme al nuevo día, apuré unos minutos más sobre
aquella cama que más que minúscula era ridícula, de muelles rechinantes y colchón hundido. Pensé en mi madre, más bien en unas palabras que me había repetido en varias ocasiones. No eran palabras de reconocimiento, todo lo contrario. Se trataba de avisarme del paso del tiempo, constante y demoledor y mi apatía ante la vida. Pues así me sentí ayer, cuando ni siquiera la ví marchar. Ví ese "tren" que tanto había esperado, y lo dejé ir como esperando su vuelta, porque era consciente de que su búsqueda sería una quimera. De eso no tenía dudas, fue lo primero que asumí en la relación con mi ángel, el desamor. No me dio tiempo a enamorarme, cuando ella me dejaba plantado.
Ahora entendía todo, qué difícil sobrevivir en la tormenta brusca del amor erróneo, pero más complicado aún que se escurriese el sueño en tan breve espacio de tiempo.
Me levanté, quejándome del malestar corporal, respirando el aire parado
y cargado de la habitación. Dejé todo el embrollo de pensamientos que me aturdían aparcados en la cama, mientras dibujaba en la imaginación la cara limpia y desnuda de Paula. Más bien, los esbozos de su tez.
Antes de su aparición, todo viajaba dentro de los cauces marcados
aquella noche. Lo cotidiano, lo esperado, brillaba de modo pacífico. Una
noche más, colmada de risas, baile, humo y la sensación de enamorarme al menos una vez, por cada bar visitado, bajo la sospecha de un irremediable ataque de sinceridad ebria. Sin embargo, esa madrugada era especial. No trasnochaba por mi ciudad natal, evitando la indeseable monotonía de hallarme en los mismos bares que de costumbre, regateando la causalidad de ver las mismas caras, los mismos gestos, el mismo acento que a veces me hicieron dudar de la repetición de noches y escenas vividas. Cancelada esa posibilidad, me afeité, duché y vestí con la seguridad de contar una noche diferente. Mis amigos parecían experimentar las mismas vibraciones, y más coquetos que de costumbre, mimaban el peinado y las arrugas de sus camisas con un neurótico inconformismo. Con ademanes de seguridad y control, en un ejercicio estéril de aprobación a lo que hacían. Una vez más me miré al espejo, dándome por satisfecho, me dirigí al lado opuesto de la habitación, orgulloso de lucir jersey nuevo. Allí tomé los zapatos, relucientes, casí podía reflejarme en ellos.
Mientras, al otro lado de la sala, en la puerta, al grito de "vamos a
comernos Madrid", se encontraban impacientes mis amigos. Y aunque exigían la mayor brevedad posible, me dio tiempo aún a cruzarme otra efímera mirada con el espejo. Quería verme el jersey, sin duda estimulaba mi autoestima.
El estreno de una prenda me potenciaba el ego. Era una especie de
superstición. Y así salí aquella noche diferente,a priori. Aseado, cuidando
el peinado de última generación, sostenido por gel fijador, con los zapatos impecables, el tejano bien planchado, y lo más importante, con el jersey nuevo, el de la suerte. Pero no todo podía salir a pedir de boca, y nada más cruzar el portal, volví por una chaqueta, para desesperación de mis amigos y tristeza propia. Ya no luciría la prenda talismán, como hubiese gustado.
El guión empezó a torcerse.
Desde el primer instante en que mis ojos la capturaron, desde la
primera imagen levemente transformada por el humo y el alcohol ingerido, ya supe que no sería mía. Las musas se imaginan, se observan, ... pero no se poseen físicamente, pensé. Tuve la ocasión de verla más cerca, más nítida.
Qué simple era, ¿sería eso lo que la subía a la cima de mujer imposible?.. una simpleza tan pulcra, que daba miedo. Recordé la letra de una canción, Yolanda. Luego me vino a mente otras como Penélope, Ana, Lucía... y prometí en el silencio del pensamiento el hacerle una canción. Sería la poesía más bella que escribiese, por lo menos la más sentida, y fue por eso que no le quise quitar ojo. A la vez que comprendía esas canciones de amor, que en otros tiempos me parecieron pedantes y falsas. Siempre sostuve la creencia de que las mejores letras se gestaban desde el desamor, movidas por la línea
delgada que separa el amor del odio y viceversa.
Las caderas las agitaba a un ritmo hipnotizador, con gracia y jamás se
le veía un pequeño matiz de grosería en sus movimientos. Parecía que la
música fue compuesta para baile de su cuerpo, en ningún momento perdía el compás ni el salero en sus idas y venidas, manteniendo la siempre dulce sonrisa. Las luces seguían su juego, bañándola de diferentes tonos, y siempre esperando que la blanca luz le golpease su rostro, para sentir un escalofrío, galopando bajo su piel.
Pero de entre la multitud, como por arte de magia, no podía ser de otro
modo, desapareció. No había dejado rastro alguno, ni amiga que me hiciese pensar que volvería, que se ausentaba al servicio, que fue a pedir a la barra... nada. Luego vino la salida apresurada del bar, la dura aceptación de su ida y el odio interno a mi cobardía. La irremediable timidez, que me robó tantas veces la oportunidad de desplegar la personalidad.
Llegó la hora de despedirse, el cierre de los bares, el desfile lento,
agotado y oscilante por las desérticas calles de Madrid. Asumir que otra
noche más pasaba y todo seguía igual. El deseo de encontrarse la cama al siguiente paso dado. Pero acabábamos de dejar Huertas para pisotear las recién mojadas vías de la Puerta del Sol. Nos quedaban al menos diez minutos de camino, intercalados con las meditaciones y análisis que
compartíamos en voz alta, y los pensamientos que jamás diríamos, las ideas que calientes surgían de la conciencia de cada uno, para morir frías en algún rincón del espacio, abandonadas y olvidadas a su suerte. Y la hora de los torpes, el preciso momento en que la ciudad renacía y otros, los torpes, buscaban su particular y elegida noche, se nos echó encima. Coincidíamos en algo, en las caras soñolientas. Unas marcadas por el cansancio, el humo, el ruido y el alcohol; y otras selladas por las líneas de sábanas y el reciente peinado.
En la Gran Vía tuvimos tiempo de hacer una última parada antes de
alcanzar el hostal. Vendían comida china, y entre la curiosidad novedosa de no encontrar un puesto de perritos calientes, de patatas asadas o de
showarmas, degustamos in situ aquel rico manjar. Ante las miradas diversas de los que empezaban el día, no dejábamos con vida ni un grano de arroz. Un ejecutivo nos miró con cara de pena, como si se avergonzara de que estuviésemos allí comiendo, y a la vez con ese aire de altanería y chulería propias del que luce traje, gomina y corbata a diario. Otros nos miraban con simpatía, y la envidia de saber que en unos minutos tomaríamos el descanso que ellos habían dejado atrás. Y también hubo quien ni siquiera, se percató de nuestra presencia, sumidos en el estrés de la gran ciudad, que empezaba a rugir cuando aún, el tendido eléctrico ocupaba el protagonismo sobre la luz natural.
En silencio llegamos a la puerta del Hostal, dando imprecisos pasos
bajo desencajados cuerpos. Después de andar unos minutos más por la Calle Fuencarral, y resultarnos más largo el camino de vuelta que el de ida, siendo este el mismo. Aparcando la noche en el sueño profundo que tomamos, después de dar por concluida la desordenada conversación que mantuvimos. Sin sacar mayor síntesis que la de creer que otra noche más había sido consumida por nuestras vidas.
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Por: jjcastillo | jjcastillo | Comentarios (0) | Referencias (0)

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